La náusea

Un día, hace siete años (me ha dicho que estudia hace siete años), entró con gran pompa en esta sala. Recorrió con la mirada los innumerables libros que tapizan las paredes y debió de decirse, poco más o menos como Rastignac: “Manos a la obra. Ciencia humana.” Después tomó el primer libro del estante de la derecha; lo abrió por la primera página con un sentimiento de respeto y espanto unido a una decisión inquebrantable. Hoy está en la L. K después de J, L después de K. Pasó brutalmente del estudio de los coleópteros al de la teoría de los cuanta, de una obra sobre Tamerlán a un panfleto católico sobre el darvinismo, sin desconcertarse ni un instante. Lo leyó todo; ha almacenado en su cabeza la mitad de lo que sabe sobre la partenogénesis, la mitad de los argumentos contra la vivisección. Detrás, delante de él, hay un universo. Y se acerca el día en que se dirá, cerrando el último volumen del último estante de la izquierda: “¿Y ahora?”

La náusea
Jean-Paul Sartre

Publicado en  on Abril 6, 2009 at 10:44 am Dejar un comentario
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Odisea

Ulises, etxera itzultzean, bere etxea emaztegaiez beteta dagoela ikusita, eta hauek Ulises hilda zegoela uste zutelako, mendekua hartzea erabakitzen du eta bere semea eta lagun leial batzuekin batera guztiak akabatzen ditu.

Entonces, Atenea, desplegando en el techo su égida mortal, sembró el pánico en los pretendientes que aún vivían. Llenos de espanto, huían por la gran sala como las vacas de un rebaño a las que en los largos días primaverales atormenta un ágil tébano. Pero Ulises y los suyos parecían buitres que descienden de lo alto de las montañas para lanzarse con su corvo pico y sus uñas afiladas sobre las bandadas de pajarillos que bajan al llano huyendo de las nubes, persiguiéndolos y dándoles muerte sin que puedan resistirles huir, dejando parte de ellos en el suelo a los hombres. De la misma manera, en la gran sala, atacados por todas partes, los pretendientes caían con un terrible estrépito de cráneos rotos, entre los arroyos de sangre que inundaban el suelo.

[...]

Y por todas partes en la sala, Ulises miraba si aún quedaba escondido algún superviviente tratando de esquivar a la Parca. Pero todos yacían tendidos en el polvo y la sangre. Bajo sus ojos, el montón de cadáveres semejaba a los peces que los pescadores han sacado del espumoso mar entre las mallas de sus redes arrojándolos sobre la arena de la orilla en la que yacen, ávidos de las amargas olas, mientras los rayos del sol les quitan el aliento… Así estaban, tendidos unos sobre otros, los cuerpos de los pretendientes.

La Odisea
Homero

Publicado en  on Marzo 12, 2009 at 10:01 am Dejar un comentario
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Metamorfosis

En ese momento algo, lanzado sin fuerza, cayó junto a él, y echó a rodar por delante de él. Era una manzana; inmediatamente siguió otra; Gregor se quedó inmóvil del susto; seguir corriendo era inútil, porque el padre había decidido bombardearle. Con la fruta procedente del frutero que estaba sobre el aparador se había llenado los bolsillos y lanzaba manzana tras manzana sin apuntar con exactitud, de momento. Estas pequeñas manzanas rojas rodaban por el suelo como electrificadas y chocaban unas con otras. Una manzana lanzada sin fuerza rozó la espalda de Gregor, pero resbaló sin causarle daños. Sin embargo, otra que le siguió inmediatamente, se incrustó en la espalda de Gregor, éste quería continuar arrastrándose, como si el increíble y sorprendente dolor pudiese aliviarse al cambiar de sitio; pero estaba como clavado y se estiraba, totalmente desconcertado.

La metamorfosis
Franz Kafka

Publicado en  on Enero 7, 2009 at 2:36 pm Dejar un comentario
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La Ilíada

Héctor heroi troiarraren hiletaren pasartea, liburuaren amaiera, alegia.

Por espacio de nueve días acarrearon abundante leña, y cuando, al décimo, apareció la Aurora que trae la luz a los mortales, sacaron, sin fuerzas para contener el llanto, el cuerpo del valeroso Héctor, lo pusieron en la pira y le prendieron fuego.

Al día siguiente, cuando apenas había la Aurora anunciado la mañana, se congregó el pueblo alrededor de la pira; extinguieron con vino la ceniza que aún ardía, y los parientes y los amigos de Héctor recogieron sus huesos, calcinados por las llamas, los encerraron en una urna de oro, cubriéndolos después de un delicadísimo velo de púrpura. Depositaron luego la urna en un profundo hoyo, que taparon con enormes piedras, y erigieron un túmulo amontonando encima mucha tierra. Mientras, habían colocado en las torres centinelas, por si los aqueos los acometían. Cuando estuvo levantado el túmulo, se congregó el pueblo en el palacio de Príamo, donde tuvo lugar el espléndido banquete fúnebre

Y así dieron fin los troyanos a los funerales del valentísimo Héctor, domador de caballos.

La Ilíada
Homero

Publicado en  on Noviembre 29, 2008 at 11:10 am Dejar un comentario
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La isla del tesoro

Pirata baten deskribapena dugu gaurkoan, baina ez da Long John Silver-ena, nahiz eta istorio berdinekoa izan. Arraroa badirudi ere, Stevenson-ek ez du John Silver-en deskribapen zehatzik egiten, ondoren protagonismoa lortzen duen arren.

Le recuerdo como si fuera ayer, cuando llegó pesadamente a la puerta de la posada, seguido de su cofre de marinero en una carretilla; era un hombre alto, recio, pesado, tostado; la coleta alquitranada le caía sobre los hombros de su sucia casaca azul; sus manos, llenas de señales y costurones, tenían unas uñas negras y rotas; y la cuchillada que le cruzaba la mejilla era de un color lívido y sucio. Recuerdo que echó una mirada detenida a la ensenada, sin parar de silbar por lo bajo, y luego prorrumpió en aquella vieja canción marinera que tan a menudo cantaba después:

¡Quince hombres van en el cofre del muerto!
¡Yo-jo-jo, y una botella de ron!

La isla del tesoro
R.L. Stevenson

Publicado en  on Octubre 16, 2008 at 8:47 am Dejar un comentario
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